domingo, 6 de abril de 2014

EL PEQUEÑO SALVAJE - T. C. Boyle


Edición original en inglés en 2010
Publicado en castellano por Impedimenta en 2012.
Traducción de Juan Sebastián Cárdenas.
122 páginas.


Sinopsis:

A finales del siglo XVIII es encontrado un niño en un bosque de la zona de L'Aveyron (Francia). Su estado es similar al de los animales y pronto se convierte en un caso célebre en toda Francia. Tras pasar por varias instituciones su cuidado recae en Jean Itard, un joven médico decidido a devolver a Victor (así decide llamar al niño) al seno de la sociedad humana.

Comentario del libro:

Con este libro nos adentramos en un mito muy recurrente de la edad moderna: el del niño criado al margen de cualquier tipo de civilización. Con antecedentes clásicos como Rómulo o Remo, los tradicionales fundadores de Roma que según la leyenda fueron amamantados por una loba; posteriormente, ya en la época de la Ilustración, el mito se desarrolló a través de la teoría del "buen salvaje" de Jean-Jacques Rousseau (en contraposición a las ideas mucho más pesimistas en torno a la humanidad de Thomas Hobbes); llegando así hasta el siglo XIX y comienzos del XX a través de ficciones de enorme calado en la cultura popular. Así, desde Mowgli, el protagonista de El libro de la selva de Kipling y aun más con Tarzán de los monos, el célebre personaje creado por Edgar Rice Burroughs, la sociedad moderna ha sentido evidente fascinación ante la idea de un ser humano liberado de todas las convenciones, tabúes y reglas establecidas por la cultura a lo largo de los siglos. Más allá de una mera posición etnocentrista (empeñada en demostrar la supuesta superioridad de la civilización occidental en comparación de aquellas que durante tanto tiempo han sido consideradas como primitivas) estas invenciones rebelan una especie de deseo oculto en el centro del mundo contemporáneo: el surgimiento de un ser humano libre de cualquier tipo de condicionantes morales y culturales, el antagonista absoluto de una sociedad de individuos domesticados y faltos de verdadera vitalidad.
No obstante, en el caso de El pequeño salvaje estamos ante una historia verdadera que no se adapta al romanticismo o la transgresión que rodea a este tipo de ficción, siendo uno de los pocos casos reales de un niño criado en el bosque y sin contacto con otros seres humanos. Aunque a la larga haya sido cuestionado desde muchos puntos de vista, este hecho, ocurrido entre los siglos XVIII y XIX y documentado por los diarios del médico y pedagogo Jean Itard, ha servido de inspiración para infinidad de estudios científicos, así como para la famosísima película de  François Truffaut.
Está claro que Boyle toma como punto de partida la película de Truffaut, de hecho es muy difícil leer esta novela sin tener sus imágenes en la cabeza, por lo tanto es más que aconsejable tomar el libro sin tener fresco su visionado. Pero, en todo caso, ahí donde Truffaut opta por la delicadeza o la poeticidad, Boyle prefiere ser mucho más directo y descarnado, dejando a un lado cualquier señal de sensiblería y asumiendo la narración (muy breve y concisa) casi como un texto estrictamente documental e incluso periodístico. Y aun así, habría que señalar la exquisitez de su prosa, su riqueza expresiva y un cierto aire socarrón que sabe impregnar a la trama y que sin llegar directamente al humor sitúa al lector en el límite de lo irónico, sobretodo en lo que respecta a los personajes que rodean a Víctor, ese niño salvaje que de la noche a la mañana vio cambiar el bosque y los cielos abiertos por los muros de las diferentes instituciones que pretendían estudiarlo o corregirlo.
Es inevitable comparar la historia de Víctor con la de otro niño salvaje famoso, muy cercano en el tiempo además: Gaspar Hauser. A diferencia del protagonista de El pequeño salvaje, Hauser estuvo mantenido en total aislamiento desde su más tierna infancia hasta el momento de su misteriosa liberación, pero disfrutó de un mínimo de contacto humano con quien le proveía de alimentos durante su encierro, quien presumiblemente le enseño algunas cosas, como por ejemplo andar. Pronto se demostró que sus limitaciones físicas y psíquicas eran superables con una paciente labor de aprendizaje, hasta el punto de aprender a hablar, escribir, tocar el piano y relacionarse perfectamente en sociedad. Contrariamente, en el caso de Víctor este aprendizaje se rebeló como una tarea prácticamente imposible. Esta circunstancia ha servido para especular sobre si el niño, además de criarse sin contacto humano, podría haber sufrido algún tipo de discapacidad. Es decir, que al margen de haberse saltado las primeras fases de aprendizaje en compañía de sus congéneres, lo cual complicaría mucho el desarrollo normal del habla, de los sentidos o de las habilidades motrices elementales y tan interdependientes de un adecuado desarrollo tanto neurológico como afectivo y psicológico, era muy posible que sufriera algún tipo de defecto cerebral congénito, lo cual quedaría patente en las enormes dificultades que Víctor tuvo durante toda su vida para dominar habilidades fáciles para un niño de corta edad. En todo caso, esta incapacidad fue un motivo de desánimo constante para sus cuidadores, los cuales, unos detrás de otros, intentaron demostrar sin éxito que Víctor era proclive a ser insertado de nuevo en la sociedad. El más tenaz, con diferencia, fue el joven medico y pedagogo Jean Itard, especialista en sordomudos, cuya tozudez por ayudar a Víctor a manejarse en el lenguaje rudimental le supuso sacrificar muchos años de su carrera. Boyle retrata a Itard como un científico ambicioso y deseoso de popularidad entre sus colegas y la buena sociedad, que ve en Víctor (cuyo caso se había hecho muy conocido en toda Francia) una oportunidad única para ascender profesional y socialmente. Aun así, tampoco procura mostrar a Itard como un científico falto de escrúpulos o sensibilidad para con su pupilo, pero sí deja claro como su frustración por lograr resultados importantes, asumiéndolo como un fracaso profesional, le suele llevar al borde del maltrato. 




En contraposición al punto de vista civilizado de sus cuidadores están los breves apuntes subjetivos desde la perspectiva del propio Víctor. Estos pasajes, que me aventuraría a definir como los más interesantes del libro, nos muestran un ser absolutamente elemental, únicamente movido por impulsos primarios como el hambre, el frío o el miedo. A medida que su aprendizaje entre otras personas avanza a duras penas, su perspectiva se va ampliando algo, pero nunca demasiado. Por ello es interesante señalar el hincapié que Boyle hace en algunos aspectos de la evolución de Víctor y que en otras versiones anteriores de esta historia son meramente insinuados o directamente ocultados, es el caso de la entrada en la pubertad y el surgimiento de la plena sexualidad, que el muchacho vive con confusión, pero también con una deshinibición que repugna y escandaliza a los que le rodean (recordemos que la historia transcurre a comienzos del siglo XIX). La frustración de sus educadores, la preocupación por no lograr encajarlo en las reglas establecidas o la más elemental capacidad de comunicación contrasta con la desmoralizante impasividad de Víctor, el cual es capaz de sumirse en la más total inactividad si encuentra sus necesidades más primarias cubiertas. Sin embargo, si bien su felicidad parece fácil de conseguirse, no podemos dejar de sentir una tristeza incalificable al ver a otro ser humano reducido a un nivel tan sumamente falto de matices (o quizás sea que no lleguemos a comprender como es posible vivir de esa manera).
En suma, se trata de una novela libre de toda la paja melodramática posible, pero que pese a su brevedad suscita varias preguntas interesantes: ¿Qué nos hace ser seres humanos? ¿Hasta que punto dependemos de los demás para desarrollarnos plenamente? Nos lleva a reflexionar que no somos nada sin esa esfera tan personal como colectiva que trasciende la carne y que está formada por estructuras complejas como son el lenguaje y nuestra capacidad de conocimiento e interpretación del mundo (no solo científico, también analógico, intuitivo, ético, imaginario, etc), las cuales han terminado por mantenerse y asentarse intersubjetivamente de una manera casi tan autónoma que escapa a todos los intentos de reducionismo. Víctor es un ejemplo de que hemos evolucionado para ser seres poliédricos, productores a la vez que dependientes de una intrincada red de significados retroalimentados por la experiencia colectiva y cotidiana, por las emociones, por lo simbólico, por el cuestionamiento ético y moral, por lo histórico y social, todos ellos aspectos imprescindibles para llegar a desarrollar unas capacidades intrínsecas del ser humano que si bien parecen venir "de serie" no son nada por si mismas.

Reseña de Antonio Ramírez.

lunes, 20 de enero de 2014

EL HOSPITAL DE LA TRANSFIGURACIÓN - Stanislaw Lem


Edición original en polaco en 1955.
Publicado en castellano por Impedimenta en 2008.
Traducción de Joanna Bardzinska
330 páginas.

 Sinopsis.

Los nazis acaban de invadir Polonia y el joven médico Stefan Trzyniecki entra a formar parte de la plantilla de un sanatorio para enfermos mentales. Poco a poco la situación que afronta el país comenzará a sentirse dentro de los muros de la institución.

Comentario del libro.

Tras leer esta novela me he puesto a cavilar que hubiera sido de la carrera literaria de Lem si no se hubiera centrado en la ciencia ficción. Evidentemente, el hecho que se dedicara al género no es algo que me disguste, ni mucho menos, como aficionado me alegro inmensamente de que una mente portentosa como la suya haya parido libros imprescindibles como Solaris o La voz de su amo, por citar solo dos. Sin embargo, es interesante preguntarse qué libros de carácter realista hubiera escrito con toda esa agudeza, esa impresionante capacidad de especulación, ese gusto por ahondar en los problemas filosóficos que tan magistralmente aplicó en la ciencia ficción. No obstante, pese a escribir sobre naves espaciales, mundos extraterrestres, robots y toda la parafernalia que queramos del género, opino que en realidad nunca dejó de escribir sobre esa parte de la existencia real, a veces olvidada o quizás oculta por los mecanismos de lo cotidiano, donde lo prosaico y lo doméstico pierden pie, como pueden ser el ansia de absoluto o el de la incapacidad humana frente a lo desconocido, o quizás, como ocurre en esta novela, allí donde la ética más básica es substituida por el abismo nihilista. Así pues, con todas sus licencias, el género le sirvió como un vehículo metafórico perfecto para estas preocupaciones filosóficas y quizás es por ello que su ciencia ficción tiene en el fondo tan poco de científico, porque sus personajes siempre suelen enfrentarse a situaciones donde la tecnología y el razonamiento científico tienen poco que aportar, quedándose siempre a expensas de la intuición, la especulación o el mero azar.

El hospital de la transfiguración fue precisamente la causa de que Lem se alejara de la novela realista para caer en los brazos de la ciencia ficción. A causa de la fulminante censura que cayó sobre el libro, considerado decadente y contrarrevolucionario, el autor fue expulsado de la Asociación de Literatos de Polonia (curiosamente treinta años después también sería expulsado de la Asociación Americana de Escritores de Ciencia-Ficción, también por ejercer la libertad de expresión al criticar el estado tan mercantilizado del genero en ese momento). Tras mil avatares la novela fue publicada, pero ocho años después de su terminación. Mientras, Lem se encontró en una situación desesperada, sin la carrera de medicina concluida, sin ser reconocido por el régimen comunista como un escritor decente, decide aceptar la invitación de la editorial Czytelnik para escribir libros de ciencia ficción, con ello encontraba al menos una forma de ganarse la vida. Por cierto, hay que señalar que existen dos libros más que continúan la historia narrada en El hospital de la transfiguración, al parecer reconduciendo la trama hacia la linea oficial del “partido”, pero ambos fueron repudiados por el autor (nunca han sido reeditados) al considerar que los escribió coaccionado.

Leyendo la contraportada que le ha puesto la Editorial Impedimenta, uno puede pensar que está ante una novela muy dinámica, algo así como una especie de thriller bélico, pero nada más lejos de la realidad. Ya desde la primerísima página el carácter de Stefan Trzyniecki, su protagonista, nos avisa de por dónde va la cosa: extravío, melancolía, confusión, indecisión, son sentimientos que de alguna manera envuelven al resto de personajes y la propia historia que vamos a leer. Hay como un cierto halo onírico o enrarecido en todo lo que le ocurre a Trzyniecki, el cual pienso que puede calificarse adecuadamente como kafkiano. Algo que es amplificado por el propio contexto en que transcurre la novela: una Polonia recién invadida por los nazis donde se suceden los rumores de desapariciones, de campos de concentración, de poblaciones enteras eliminadas: la nación polaca se enfrenta la evaporación de su existencia como tal. Stefan Trzyniecki, filósofo de corazón, pero médico de profesión, entra (por puro azar, pues no está especializado en psiquiatría) como empleado en un sanatorio mental situado a las afueras de la pequeña ciudad de donde procede su familia. Como una especie de isla en mitad de un mar caótico, la vida en el manicomio se rige por unas reglas precisas. A duras penas, pacientes y sanadores consiguen cumplir con su rol mientras el orden de las cosas se va diluyendo a su alrededor.


La historia es vista a través de Trzyniecki, pero este resulta casi un mero espectador de hechos con los que mantiene una relación más bien indirecta, por no decir totalmente inconexa (aunque también es verdad que eso va cambiando a medida que transcurre la trama, puesto que a lo largo de ella asistimos a una sutil evolución en su sensibilidad). La escena inicial del libro, con el joven médico asistiendo al funeral de un familiar, es un buen ejemplo. Con una actitud tan cáustica como acongojada respecto a la presencia de tíos, primos, abuelos, Lem aprovecha la ocasión para desplegar un despiadado sentido del humor a través de los ojos de su personaje. Su descripción de la pequeña burguesía rural previa al régimen comunista es realmente divertida, examinando desde la abuela ultra católica hasta el tío librepensador y fanático de la literatura francesa.

Ciertamente, Trzyniecki evoluciona a través de la novela, muy especialmente en lo que respecta a su visión de los enfermos del sanatorio. Desde el auténtico pavor por el estado de los catatónicos o la turbación ante la abierta obscenidad de algunas de las mujeres recluidas, su actitud va transformándose hasta llegar, por ejemplo, a la admiración por el talento escultórico o la capacidad matemática que encuentra entre algunos de los pacientes autistas o la sutil y quebradiza belleza de una muchacha maniaco-compulsiva que siempre se está mirando en los espejos. Pero, sin duda, lo que realmente marca el devenir del personaje es su relación con Sekulowski, un eminente poeta que está recuperándose de la adicción a las drogas y otros abusos. Entre el protagonista y el poeta se establece una relación intelectual que se traduce en tortuosas conversaciones. Lem aprovecha así para poner en boca de Sekulowski (pues más que conversaciones se trata de monólogos) largas peroratas sobre la literatura, la filosofía, la religión, la política y mil cosas más que, entre otras cosas, desvelan el carácter soberbio del personaje, el cual se cree un genio. En el fondo, todos estos párrafos sirven a Lem para lanzar verdaderas arremetidas contra la crítica literaria de su época, la casta de los escritores, algunos hechos de la historia de Polonia, etc., etc.

En fin, son muchas más las cosas que podrían reseñarse de esta novela, como la descripción de los colegas de Trzyniecki: desde el afamado y digno decano que se aloja en el sanatorio tras haber sido expulsado por los nazis de su cátedra en Varsovia, pasando por el psiquiatra empeñado en demostrar una teoría absurda (pero francamente ingeniosa) que él ha llamado “nostalgia por la locura”, hasta llegar a la bella pero fría Nosilewska. También podríamos hablar sobre la escena de la estación eléctrica, magnifica en su tensión y misterio. Pero sin duda, lo que da un sentido dramático y moral a esta novela es su último y terrible capítulo, del cual tampoco hablaré demasiado por no chafar una tensión que opino es crucial para apreciar del todo el valor de este libro. 

Así pues, solo queda por decir que recomiendo sin reservas El hospital de la transfiguración, no solo a los seguidores de Lem, sino a cualquiera con ganas de buena literatura.

Y para acabar quisiera señalar una anécdota respecto a Impedimenta. Mi ejemplar de este libro estaba defectuoso (le faltaban algo así como 20 páginas en la mitad), aunque no lo supe hasta meses después de haberlo comprado. Ante la imposibilidad de descambiarlo en la librería por falta del ticket me puse en contacto con la editorial y en pocos días me envió sin coste alguno un nuevo ejemplar. Así que aprovecho esta reseña para agradecer a Impedimenta su rápida atención y de paso felicitarla por las magníficas ediciones que hace. En la repisa de un servidor se acumulan otras lecturas relacionadas con esta editorial, sin duda irán cayendo poco a poco. 

Reseña de Antonio Ramírez

miércoles, 8 de enero de 2014

UN FUEGO SOBRE EL ABISMO - Vernor Vinge

Edición original en inglés en 1992.
Publicado en castellano por La Factoría de Ideas en 2013. (Hay una edición anterior por Ediciones B en 1995).
Traducción de Ainara Echániz Olaizola
448 páginas.

Sinopsis.

Tras ser despertada por error por una colonia humana situada en el espacio profundo, un antigua entidad de terribles poderes pone en peligro cualquier cualquier tipo de civilización en la galaxia.

Comentario del libro.  

Para que dar muchos rodeos: Un fuego sobre el abismo me ha parecido una lectura excepcional y absolutamente recomendable. Aparte de las buenas ideas, de los planteamientos originales, de los personajes bien construidos, Vinge logra dotar a la novela de un hálito de aventura que no debe ser muy diferente del que Verne, Wells y otros grandes pioneros del género lograron transmitir a sus contemporáneos. A esto también se une una sofisticación innegable y el evidente interés por ensanchar los límites de la ciencia-ficción con ideas audaces y a estas alturas inimaginables para los autores clásicos que antes hemos citado. No obstante, tampoco podemos olvidar que Un fuego sobre el abismo fue publicada hace ya más de 20 años, con lo que es muy posible que algunos de sus planteamientos también puedan resultar algo trasnochados (por ejemplo con su concepción tan simplona de las “redes sociales” informáticas) en comparación con algunas de las piruetas conceptuales que en el género se manejan hoy en día. No obstante, lejos de ser un inconveniente, esta paradoja entre audacia y anacronismo aporta el regustillo añejo que sentimos ante los verdaderos clásicos a los que perdonamos cualquier tipo de ingenuidad si a cambio logran darnos una buena dosis de magia literaria.

Como sabrán los lectores que siguen nuestro blog, hace poco reseñamos Mundos en el abismo, otro clásico moderno del género (al menos para lo que respecta a la literatura en castellano), obra de Juan Miguel Aguilera y Redal (ver reseña aquí). No he podido evitar entrar en comparaciones y creo que las similitudes van más allá del título, aunque en este caso no hablo tanto de la propia historia como de la estrategia literaria que esconden. Ambos libros son space operas que han sido consideradas hasta cierto punto como “duras”, muy valoradas por sus planteamientos ambiciosos; los dos recrean civilizaciones extraterrestres, idean complejas formas de transporte espacial y otras muchas cuestiones tecnológicas, pero sobretodo proponen escenarios cósmicos que superan la escala humana en tal grado que solo podemos asombrarnos ante la perspectiva, y todo ello de una forma lo suficientemente verosímil y detallada como para resultar incluso plausible… aunque sin serlo en absoluto. Es decir, al igual que Aguilera y Redal, Vinge utiliza su formación científica (es matemático e ingeniero informático) para dar una paradójica patada en las narices a las verdades objetivas y comprobables de la ciencia. Afortunadamente, las nociones de la ciencia pueden ser un trampolín a la libertad especulativa y si hace falta a la imaginación desatada, un ejemplo claro de esto es la proposición sobre la que se sustenta toda la novela que estamos reseñando: la Vía láctea se halla dividida en zonas concéntricas de diferente potencial mental y tecnológico. Comenzando por las Profundidades sin pensamiento (el núcleo de la galaxia, un lugar donde es difícil incluso el desarrollo de cualquier atisbo de inteligencia), pasando por la Zona lenta (donde se encuentra la Tierra, con un progreso muy limitado) y las zonas más exteriores: el Allá (donde, por ejemplo, es posible viajar a velocidades muy superiores a la de luz) y el Trascenso (allí donde se ubican los Poderes, las entidades que han trascendido a tal nivel de desarrollo científico y cognitivo que desde las perspectivas inferiores del Allá o la Zona lenta solo pueden confundirse con lo sobrenatural o incluso lo divino). Vinge suelta todo esto por las buenas, sin fundamentarlo en lo más mínimo (¿quizás para dejar la explicación en otros libros?), pero lo hace con tal audacia y talento que el lector, tras unas confusas páginas iniciales, termina por aceptarlo sin demasiados problemas. El autor recurre así a una de las vías del género que más resultados ha dado: desarrollar una trama partiendo de una falsa premisa que cuestiona o amplía los datos objetivos que actualmente conocemos del mundo físico. Poco importa que sea una absoluta locura desde el punto de vista de la lógica científica si el resultado es tan fascinante como las ideas que maneja Vinge.


Al comparar Un fuego sobre el abismo con Mundos en el abismo he señalado algunas de sus similitudes, evidentemente también son dos libros con muchas diferencias. Por ejemplo, allí donde Aguilera y Redal usan sus personajes casi como meros vehículos o excusas para asombrar al lector con un muestrario de maravillas cósmicas y tecnológicas, Vinge trabaja sus protagonistas con un considerable grado de profundidad. Quizás por esto la densidad de sorpresas, artilugios y portentos espaciales es muy inferior en Un fuego sobre el abismo. El autor se toma su tiempo en desarrollar ampliamente el carácter y las motivaciones de sus personajes (a veces repercutiendo bastante en la velocidad en que se va desarrollando la trama), logrando a cambio una posibilidad de empatía que ni de lejos consiguen Aguilera y Redal con los suyos. Todo el contexto queda finalmente relegado a un segundo plano, siempre subordinado a unos sufridos personajes que por derecho propio se ganan todo el protagonismo. El afán de conocimiento o aventura, la amistad, la nostalgia, el amor, la traición, la venganza… el autor logra un escenario y un drama que resulta tan universales y netamente humanos que sentimos y sufrimos por los personajes y sus destinos, da igual que eso ocurra a más de 50.000 años en el futuro y a distancias galácticas.

Sin embargo, no quiero que el lector de esta reseña se haga una idea equivocada, pues no deja de ser cierto que estamos ante una novela de ciencia ficción, una space opera en toda regla, por tanto es justo recalcar algunos detalles que podríamos definir como propiamente del género. Sería absurdo hacer un repaso de todos, pues los hay en grandes cantidades, así pues me centraré en dos: la civilización de los “pinchos” y el personaje de Pham Nuwen. En el caso de los “pinchos”, tal y como les denominan los personajes humanos de la novela, son unos seres múltiples parecidos a perros con cuello extensible y rostros muy expresivos. Piensan y actúan colectivamente en manadas que pueden variar en el número de miembros (además de poder combinar individuos de diferente sexo). Cada pieza del ser colectivo se complementa y aporta al conjunto, algunos son habladores, otros aportan astucia, algunos pueden ser guerreros, otros artesanos, etc. Está claro que dicho así puede resultar algo estrambótico, pero lo cierto es que Vinge logra describir convincentemente a estos seres y su civilización. Son seres muy inteligentes y en algunos casos pueden superar a los humanos en su capacidad de aprendizaje, pero aun están inmersos en una etapa de desarrollo cultural que podríamos comparar con la Edad Media terrestre. Esto sirve para que el autor explote una de las ideas que se manejan más a fondo en el libro: como algunas civilizaciones pueden ser aupadas en su desarrollo científico gracias a la intervención de otras más avanzadas. En el caso de los pinchos este “ascenso” es fulminante al entrar en contacto con una nave humana que por accidente cae en su planeta.

Y en segundo lugar tenemos a Pham Nuwen, que para mí lo mejor de todo el libro. Es éste un personaje que por alguna razón he imaginado con rasgos que podría haber dibujado Enki Bilal en alguno de sus comics. Un humano (muy evolucionado y diferente a nuestra apariencia) de miles de años de edad que ha sido reconstruido a partir de varios cadáveres congelados en una nave que iba a la deriva, la cual era procedente de la Zona Lenta. El responsable de esta reconstrucción es Antiguo, un Poder del Trascenso que usa a Pham Nuwen como mensajero y que por razones que no vamos a desvelar (para no cargarnos la emoción del libro) transfiere parte de sus inmensas capacidades a su limitado cerebro. Pham es un ser atormentado, con una memoria de su vida que no sabe si es artificial o genuina, pero en todo caso sabe que dentro de sí está la clave para un conflicto que se pierde en el tiempo y el espacio.

En fin, no se me ocurre que más decir sin destripar el libro. Solo repetir, una vez más, que es un libro estupendo y que, estoy seguro, hará las delicias de muchos lectores ansiosos de buena ciencia ficción.

Reseña de Antonio Ramírez

miércoles, 11 de diciembre de 2013

MUNDOS EN EL ABISMO - Juan Miguel Aguilera y Javier Redal

Primera edición en 1988 (Editorial Ultramar)
Reedición por Bibliópolis en 2013.
320 páginas.

Sinopsis.

Jonás, biólogo de profesión y señalado como herético por las autoridades religiosas, es embarcado a la fuerza en una misión científica para investigar la inexplicable destrucción de unas naves de carga. Esta desgraciada circunstancia le llevará, para su sorpresa, a desvelar muchos de los misterios que esconde el pasado del cúmulo globular de Akasa-Puspa.

Comentario del libro.

¿Qué hace que un libro de ciencia ficción funcione? No hay una respuesta fácil, pues afortunadamente la ciencia ficción no es un género totalmente homogéneo e incluye multitud de subgéneros, tendencias, reformulaciones,… eso sin contar las diferencias de personalidad e intereses entre los autores y, al fin y al cabo, entre los propios lectores, que son los que al final dan vida a los libros en sus cabezas y juzgan sobre su validez. 

Si nos restringimos a la llamada space opera, quizás la corriente más conocida dentro del género si tenemos en cuenta que es la más accesible y la más presente en la cultura popular a través de medios como el comic, el cine o las series de televisión, la respuesta podría buscarse en un terreno mucho más acotado. La space opera es un género basado en la aventura, en la acción y sobretodo en eso que se ha venido a llamar el sentido de maravilla tan propio de la ciencia ficción. Pues bien, si tenemos en cuenta estas características podemos decir que Mundos en el abismo funciona a la perfección, porque cumple al cien por cien con ellas. Además de eso, muchos aficionados y críticos han llegado a definir este libro como perteneciente a la corriente “dura” de la space opera, por eso de que es bastante ambicioso y detallado en muchos de los conceptos que pone en acción. En cierta manera puedo estar muy de acuerdo con esta consideración, pero de todas formas pienso que todas las ideas presentes en esta novela no dejan de ser, evidentemente, puras fantasías, si bien están presentadas con mucha convicción, jugando certeramente con las licencias que el género permite y aplicando todos los malabarismos literarios necesarios para suspender la incredulidad del lector. Toda la apariencia de verosimilitud de la novela no es más que eso, apariencia sin verdadero fundamento en lo real. Lo que define la ciencia ficción dura es un cierto margen de probabilidad, al menos en lo que respecta a las cuestiones científicas o técnicas. Y en el caso de este libro, bajo todo el maremágnum de detalles teológicos, sociológicos, lingüísticos, tecnológicos, físicos, químicos, astronómicos o biológicos que nos encontramos no hay más que mucha imaginación aplicada por un par de inteligencias con formación técnica o científica. No obstante, todo esto no quita ni un ápice de mérito a Mundos en el abismo, todo lo contrario, pues al fin y al cabo de eso trata la space opera, de divertirnos y de maravillarnos sin mediar necesariamente ningún compromiso férreo con la realidad, aunque conservando una sensación de verosimilitud científica que hace que nos "creamos" lo que leemos.


En todo caso, al margen de cualquier otra consideración, Mundos en el abismo es un libro que no da respiro al lector, puede decirse que va a una velocidad de infarto. Pese a un comienzo algo farragoso, que pone a prueba la paciencia del lector por entender donde se está metiendo, una vez nos introducimos en el singular universo de Akasa-Puspa todo se acelera. El libro está construido mediante capítulos que a su vez están divididos en pequeños apartados, cada uno de ellos centrados en diferentes líneas argumentales que constantemente se entrecruzan o se separan según va desarrollándose la trama. El resultado es de una extraordinaria agilidad narrativa. A cambio, hay que admitir que los personajes no son precisamente profundos, incluso diría que en su mayor parte son puros clichés que se amoldan a los prototipos que solemos encontrar en este subgénero. Como, por ejemplo, el detalle de utilizar (incluso con cierto sadismo en cuanto al destino que los autores le tienen reservado) a un eunuco como símbolo de la decadencia del imperio; o el previsible personaje femenino (por cierto, la única mujer con verdadero protagonismo en todo el libro) que se siente tan atraída por el intelecto del protagonista que decide follárselo (vamos, lo que se dice una fantasía irresistible para adolescentes empollones). Son éstos algunos de los rasgos del libro que me han resultado más francamente inmaduros, pero admito que no me ha importado demasiado, pues está más que compensado con una gran cantidad de ideas atractivas y vertiginosas. ¿Cuántos libros de ciencia ficción se van a pique por la obstinación de su autor por demostrar que sabe construir personajes serios y profundos? Pero Juan Miguel Aguilera y Javier Redal van al grano, con una narrativa sencilla, sin filigranas literarias de ningún tipo, se contentan con apuntar algunos atributos significativos de sus personajes, expresando su carácter más a través de los numerosos diálogos y de sus acciones que por la introspección o por una descripción muy detallada de sus biografías, sin disimular demasiado que al fin y al cabo son meros vehículos de una historia de género donde lo verdaderamente importante e interesante está en el desarrollo de conceptos imaginarios.

Resumiendo: si te gusta la ciencia-ficción llena de aventuras y acción, y si además te gusta que te sorprendan con buenas ideas e imágenes grandiosas este libro no te defraudará en absoluto. La categoría de clásico moderno que esta novela ha logrado adquirir con el paso del tiempo está más que justificada. No ha perdido un ápice de frescura y de la capacidad de sorpresa que tuvo que tener en el momento de su publicación allá a finales de los años 80.

De todas formas esperaré a leer su continuación, Hijos de la eternidad, para expresar una opinión completa de esta fascinante historia.

Reseña de Antonio Ramírez

miércoles, 27 de noviembre de 2013

VICTUS - Albert Sánchez Piñol


Primera edición en 2012
Publicado por Edicions la Campana
608 páginas.

Sinopsis. 

Martí Zuviría es un muchacho alocado que solo da quebraderos de cabeza a su padre. Casi de forma casual entra a estudiar con uno de los mejores ingenieros bélicos de su época. A partir de ahí su futuro estará vinculado a la guerra, pero también al conocimiento, al amor, a la traición y muy especialmente al destino de su tierra natal: Cataluña. 

Comentario del libro. 

No sé hasta qué punto puede molestar este libro a ciertos lectores, pero desde luego es divertido pensar que las filas de los españoles más recelosos en cuanto a temas como el independentismo no estén acostumbrados a caballos de Troya literarios tan contundentes como éste. Al fin y al cabo podremos decir que nos gusta más o que nos gusta menos, que está mejor o peor escrito, opinaremos sobre la fuerza o debilidad de sus personajes, la rigurosidad histórica de la trama, etc., pero al final siempre tendremos que asumir el eje que hace girar toda la novela y que en esencia es la denuncia de unos hechos escandalosos, así como la reclamación de un estatus que les fue salvajemente arrebatado a los catalanes en 1714.

Sin embargo, voy a dejarlo claro desde un principio: frente a los sentimientos patrios catalanistas, ciertamente presentes en esta novela de Albert Sanchez Piñol, prefiero identificarme y congratularme con la permanente reivindicación de la lucha de los débiles frente a los poderosos, la cual es alentada ya desde la primera página. Mirado así, Victus resulta ser un crudo retrato de la eterna derrota de los que ya están vencidos antes de nacer y cuyos descendientes seguirán siendo por siempre vencidos. Que esta sempiterna capitulación de la “chusma” se vea ligada a veces a la de los “ilustres” (como ocurre durante los sucesos que son narrados en la novela) no convierte en realidad a unos y otros en hermanos de batalla. Cada cual en su lugar: para unos pocos será una ruptura traumática de sus privilegios, para los otros, la siempre mayoría restante, será como lluvia que cae sobre mojado. Que este hecho tan trágico como universal (y por tanto sin verdaderas fronteras) que es la relación entre dominadores y dominados, quiera vincularse a la lucha por una cultura, una autonomía política, un idioma o los límites de un territorio, cuando en el fondo siempre será una cuestión de conflicto entre clases extrapolable a cualquier época, lugar o cultura, no es más que precisamente una consecuencia de la misma estrategia que posibilita que algunos siempre sean los victoriosos y otros muchos continúen siendo los vencidos.

Sin embargo, se quiera o no, ahí está el hecho incontrovertible del independentismo catalán, el cual siempre ha involucrado igualmente a la alta burguesía como a la clase trabajadora, aunque cada cual movidos por sus propias razones (a veces tangenciales, pero casi siempre opuestas). No obstante, Victus es un libro que está escrito desde y para las clases populares, con una indisimulada simpatía por los héroes anónimos. Quizás por ello, la Generalitat del siglo XVIII no queda bien parada (y es imposible no buscar paralelismos con sus análogos actuales), pero según se mire no podría ser de otra manera, en todo conflicto son los dirigentes los más interesados en manipular y aprovechar para su propio beneficio un impulso que en el fondo no es más que la lógica defensa de lo inmediato, de las cuatro paredes que nos acogen, de las pocas posesiones atesoradas, de aquellos seres que amamos y dan sentido a nuestra vida. Salvo pocas excepciones, el papel de la nobleza, de las altas alcurnias de la burguesía y del clero, de los políticos y de los militares, no es más que el de previsible acicate para las penurias de los que están abajo, meros peones de un juego de intereses que escapan a su control y que son disfrazados de deberes patrióticos para regusto de la plebe siempre tan predispuesta, por desgracia, a la manipulación. Por tanto, es cierto que la batalla por Barcelona de 1714 significó el fin de varios siglos del desarrollo político y económico de Cataluña al margen del reino de Castilla, pero quienes más lloraron y aun lloran esa pérdida son los que tenían y tienen la sartén por el mango. Al pueblo llano, al fin y al cabo, lo mismo debería darle que sus amos hablen catalán o castellano, pues siempre estarán condenados al servicio de alguien que a la larga habrá que combatir.

Sanchez Piñol logra, no obstante, un equilibrio entre la lucidez del que desmitifica las manidas consignas patrioteras (aunque no por ello deje de permitirse algunos entusiastas y orgullosos arranques) y la más que justa y fundamentada reclamación de justicia por unos hechos terribles que hablan por sí mismos: cualquiera con un mínimo de sensibilidad odiará a las tropas borbónicas y se pondrá del lado de los asediados. Por ello, para los lectores actuales, aunque absolutamente ajenos a toda responsabilidad en esos hechos, es imposible no terminar por sentirse sobrecogidos y concernidos por esa batalla. Porque la conquista de Barcelona, ya trascendiendo las meras cuestiones catalanistas, resulta una representación más de los innumerables episodios de sinrazón que han fundamentado la actual sociedad española, construida sobre tanta sangre y despotismos. Si sentimos emoción por las escenas heroicas y de inútil sacrificio que recorren Victus no será necesariamente por espíritu patriótico, sino porque sabemos que es cierto que siempre habrá individuos o pueblos enteros que con todo ya perdido seguirán resistiendo frente a la perfidia de los poderosos.


Esto es último es crucial para el buen funcionamiento de la novela, pues el tono de sorna frente a la autoridad (sea ésta catalana, española, francesa o de cualquier nacionalidad) se convierte en genuino y comprensible desprecio cuando se retrata la nefasta estirpe borbónica, lo cual resultará un verdadero placer (lo garantizo) para aquellos lectores que no sean muy simpatizantes de este linaje monárquico. Por ello, más fácil todavía será apoyar a los combatientes de las filas catalanas, sabedores de que su derrota significó, entre otras cosas, el apuntalamiento de España en un estado irreversiblemente retrógrado, inmerso en el oscurantismo religioso y bajo la dominación de la más rancia alianza de nobles, burgueses y militares de toda Europa. Un hecho que aun hoy en día estamos viviendo, por desgracia, hasta sus últimas consecuencias.

Pero en fin, fijémonos también en los aspectos puramente literarios de este libro, porque al margen de politiqueos Victus es un libro que puede calificarse, sin lugar a dudas, como muy ameno. Su autor opta por un registro ágil, seguramente el más adecuado para una historia que está a medio camino de la picaresca, la aventura, la educación sentimental, pero sobretodo de la novela bélica. Porque al fin y al cabo eso es lo que es Victus, una novela bélica que no ahorra espacio en descripciones de batallas, técnicas de defensa y ataque, armamentos, trincheras, municiones, explosivos, etc. Por si fuera poco, está ricamente ilustrada en ese sentido, pues está plagada estampas técnicas que dan al lector una idea muy clara de lo que se describe en palabras. Ya en su primera novela, La piel fría, Sanchez Piñol demuestra su gusto por describir estrategias guerreras (como olvidar, por ejemplo, la escena de las minas alrededor del faro). Y aun así, pese a los innumerables detalles técnicos y referencias históricas, producto de un más que evidente trabajo de documentación, Victus sigue siendo una novela anclada en personajes potentes que no se difuminan en el pandemónium de explosiones, cargas con bayonetas y montañas de cadáveres. Aunque plagado de figuras y referencias históricas, la novela gira muy especialmente sobre personajes ficticios o sobre las que hay muy pocas referencias documentales, como es el caso del protagonista principal: Martí Zuviría, el tipo cínico, voluble y oportunista (hasta en su orientación sexual) que se ve envuelto en el centro de un drama de dimensiones cósmicas.

Pese a todo, no puede decirse ni mucho menos que Victus sea una novela perfecta. En mi opinión, la parte central pierde algo de impulso teniendo en cuenta el ritmo del conjunto del libro, aunque el frenetismo de la parte final suple de sobras esta momentánea bajada de tensión. Además encuentro algo exagerado los atributos que Zuviría alcanza tras su paso por la academia de Vauban. Más que un ingeniero parece que estemos ante una especie de prodigio, pues, entre otras cualidades extraordinarias, cuenta con unos sentidos de percepción tan fuera de lo normal que sencillamente resultan inconcebibles en un ser humano. En todo caso, son estas unas cuestiones que no restan fuerza o credibilidad a la trama y al conjunto de una obra que pide ser leída sin muchos respiros.

En suma: ni lo dudes, totalmente recomendable.

Reseña de Antonio Ramírez